Mi querido hijo: A estas horas –nueve de la
mañana- nacías un día que jamás será para mí un dia más, un día cualquiera.
¡Qué emoción, cuando medio dormida por
la anestesia, oí que papá me decía al oído: ¡Un
niño, un niño precioso! Y te oí llorar, primero y después, con gran
esfuerzo abrí los ojos; me urgía ver tu carita y besarte, abrazarte.
Fue una noche larga aquella que
precedió a tu nacimiento. Vivíamos por
entonces, en un piso alquilado de la Avenida Parque. Era muy pequeño y hacía un
calor terrible. Empecé a sentir los avisos de tu llegada, pero no dije nada. Me
levanté y en una mecedora de lona, pasé la noche. Por cierto, se produjo en
breve temblor de tierra que, después, nadie creía, pero sí, fue tal. Las cuatro cosillas de un mueble
que estaba frente a mí no solo se
movieron, sino que algunas se cayeron y yo percibí el temblor bajo mis pies.
Alrededor de las ocho y media, no
pudiendo soportar los dolores, me acerqué al dormitorio donde dormían mis
padres, que aguardaban allí, desde hacía días tu llegada. Mamá –dije desde la puerta-. Creo
que tengo que irme; llevo toda la noche con dolores y ya no los
puedo resistir más. Seguir acostados –el abuelo estaba enfermo desde hacía
tiempo-, que me voy con Mariano, La niña; cuidad bien de ella. Que desayune, que
se lave, etc. También estaba con
nosotros la tita Mari que, en realidad, era la que se iba a hacer cargo
de Isabel María-
Y fue todo tan rápido que me entraron
directamente al quirófano. No tenía que
haber esperado tanto -dijo el médico-. El niño ya está aquí.
En aquellos años no se podía saber con
antelación si iba a ser niño o niña, pero en el fondo, si bien es verdad que me
daba igual, deseaba un varón, puesto que ya tenía a tu hermana. Por eso mi
alegría fue doblemente inmensa: ¡Por fin
mi niño estaba en el mundo! Eras enteramente un angelito: precioso de carita
y más bueno, imposible. Desde el
instante que pude verte, no te solté de
la manita ni en los día ni en las noches, de forma que te acostumbraste a
dormir agarrado a mi mano hasta que fuiste un medio hombrecito.
Hoy, día de tu cumpleaños, aunque creo que lo sabes, quiero repetirte, ¡cuánta
felicidad para papá y para mí fue tu llegada a este mundo! Los abuelos, la tita
Mari que siempre estaba cerca, también celebraron tu nacimiento. Fuiste siempre
un niño muy especial, delicado,
observador, cariñoso… En fin, que me sigo emocionando al recordar ese momento infinitamente maravilloso de tu
nacimiento y, que hoy por hoy, tu mano es mi mayor seguridad, como lo fue la
mía en tu infancia. Y sé que cuento con ella y es por eso que no solo te felicito sino que vuelvo a dar
gracias a Dios y a la vida por este especial día para mí. Muchos, muchos besos
para ti que eres el mejor de los hijos. Tu madre
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