Un día ya muy lejano, y ante la Virgen de Lourdes, formulé una
oración: Dame, Madre mía, una niña.
Y el día doce de septiembre, a la seis de la tarde, día de la
Virgen María me nacías tú. Mi alegría, emoción y agradecimiento por tan inmenso
regalo, jamás lo podrás imaginar, a pesar de ser tú, hoy, madre. Era el colofón
de una serie de acontecimientos en mi vida que empezó por otros derroteros bien
distintos, pero, me decían entonces: Voluntad de Dios que escribe derecho con renglones torcidos.
No creo que haya tales renglones torcidos, pero sí formulo hoy
también una oración: Gracias, madre mía por esta maravillosa hija que me nació
en un día como este.
Y para felicitarte, mi vida, esta poesía tuya que este verano, cuando me
dejaste tu canario para que lo cuidara, repetía cada amanecer al encontrarme
con él entre sus barrotes.
Que no haya barrotes en
tu vida porque la libertad es el mayor don que tenemos, que nada ni nadie trate
de anular tus preciosas alas.
A mi canario
Amanece. El alba se llena de ti.
Canto jocoso provoca estridente amanecer.
Me gusta atender su lamento enjaulado,
Es lamento de soledad envuelto con notas jaraneras
Que imponen el momento y la hora.
Ahí estás. De plumas cobrizas y limonadas.
Horas, días, años….barrotes que separan la vida
Y te condenan a una sucia y mísera existencia .
Alas cobardes, alas mustias, afligidas y prisioneras
De doloriento olor a grano y semilla.
Canta. Sigue rompiendo la fría mañana
Con tu ardiente grito.
En la lejana alborada
Otro canto se divisa y responde
A mi clamor desamparado.
Su canto es libre. Libertad que huele a pasto y brebaje
Pero libertad.
Yo te sigo esperando en la madrugada. Cantando.

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