La noche y el día no se anulan; se complementan
Hoy, queridos hijos, os voy a contar un cuentecito que escribí hace años, y lo hago por si alguna vez sois víctimas de un ignorante, que os considere "peligrosos", cosa que suele suceder cuando alguien despunta en algo.
Un hombre, al que todos llamaban sabio por saber
contar hasta cinco, fue designado para llevar a cabo un gran proyecto. El
hombre, que sólo sabía contar hasta cinco, se dijo: Necesito personal.
Mañana mismo saldré a buscar colaboradores; es m i fama lo que me juego. A la mañana siguiente, al ser de día, salió
a la plaza. Una gran multitud lo rodeó: ¡Queremos trabajar contigo! -voceaban-.
El hombre, que sabía contar hasta cinco,
enfervorizado, dijo: de acuerdo. Cuenta tú -ordenó a un primer hombre. ¡Uno,
dos y tres! -contó el hombre-. ¡No está mal! -exclamó -; serás colaborador.
Cuenta tú -ordenó a un segundo candidato-. ¡Uno! –dijo con cierto temor-. ¡Eso
está pero que muy requetebién! Quedas elegido. Le faltaba un tercero. Al azar,
se fijó en un hombrecillo que medio asustado se escondía del bullicio. Tú -lo
señaló-. Cuenta. Me gustaría que fueras mi colaborador. ¡Si yo sólo no sé
contar, señor! -contestó el amedrentado “hombrezuelo”-. ¡Formidable,
maravilloso! Mi proyecto precisa de hombres como tú. Serás mi colaborador
número uno.
Y empezaron a trabajar. Todo transcurría con
aparente normalidad. Pero el proyecto, objeto de grandes expectativas, a
pesar de los grandes esfuerzos de aquellos hombres, parecía haber entrado en un
punto muerto del que no lograban salir. El hombre que sólo sabía contar hasta
cinco, se disculpaba ante sus superiores: ¡Es que no hay forma de que la gente
colabore! ¡Lo siento! La gente no se implica, la gente solo quiere ganar y
ganar… ¡Qué falta de profesionales! Todo queda sobre mi.
Pero un día, de la nada, surgió un hombre que,
irrumpiendo en la sala de Juntas donde se hallaban reunidos, dijo: Sé de
vuestro proyecto y estoy ilusionado con él. Vengo a ofrecerme porque yo sé
contar hasta diez: ¡Seis, siete, ocho, nueve y diez! Los colaboradores,
llevándose las manos a la cabeza, exclamaron: ¡Cuánto sabe! ¡Es justo lo que
nos está haciendo falta! Pero el hombre que sabía contar hasta cinco
dijo: ¡Estáis locos todos! ¿Este hombre de
colaborador? No sólo está loco sino que es peligroso pero, ¡que muy peligroso!
Puede acabar con todos nosotros. Matémosle. En la agonía, aquel hombre,
haciendo un gran esfuerzo, y ante la expectación de todos, seguía contando: Once,
doce, trece...
Pero sucedió que, cuando reanudaron el trabajo, todos repetían:
¡Diez, once, doce, trece...! Llegó el día de entregar el proyecto finalizado. ¡Éxito
total! -proclamaron las autoridades competentes-. Este hombre y su equipo
merecen una condecoración. ¡Démosle la mejor!
Más tarde, cuando aquellas autoridades leían la Memoria
del proyecto, advirtieron una tenue propuesta: En memoria de un colaborador
anónimo, esta comisión solicita un pequeño monolito que lo recuerde y en cuyo
pie rece la inscripción: Al colaborador anónimo.
La experiencia de vida me dictó la siguiente conclusión: Si lo sabes, no lo digas porque te arrinconarán. Si no lo sabes vocéalo y te subirán al púlpito.

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