Queridos hijos: hace años decidí
escribir mi biografía sin ánimo de publicación alguna, pero sí para que vosotros, mis hijos conozcáis mi verdadera historia
de vida, historia de muchos y complejos conflictos.Ante todo, mi deseo no fue,
ni es otro que entendáis que la vida es una gran
lucha en la que unos se sitúan arriba con el pie alzado para soltar pisotones,
y otros, desde abajo, sufrientes que injustamente los soportan, pero no por
eso, menos fuertes. De ahí la lucha, el revelarse, el ser conscientes de que no
somos cera para moldear, sino seres
humanos que nacemos y morimos por igual.
Bueno, dejo la introducción y voy a parte de un capítulo:
Valdepeñas, zona roja, una casa grande,
un lagar donde se pisaba y exprimía la uva, donde el hombre de ojos amarillos,
Andrés, por no sé qué enfermedad, repetía a voces: Antes de que termine la guerra, tenemos que ver la sangre correr como
ríos por las calles. Me recuerdo,
cada mañana, junto a su hija de largas trenzas, que desayunaba en el gran patio de acceso al lagar.
Esperaba, pacientemente, que terminara, que se levantara para, con la punta de
mis dedos recoger las migajas de pan pegadas al plato que dejaba
abandonado en una improvisada mesita. En
mis cortos años nada entendía pero me asustaban las palabras de aquel hombre, y
la calle, una gran Avenida, escenario de mis constantes miradas, por donde
esperaba ver la sangre correr, al tiempo que la noticia tan esperada del final
de una guerra de la que nada sabía y el
regreso de nuestro padre y a nuestra casa del pueblo que, como a ráfagas,
recordaba, a veces, o de la que nada sabía, otras.
Mucho, mucho horror de tanta sangre, de
ríos de sangre inundando de rojo calles
y plazas. Sirenas, gente que corre, que grita: ¡Los nacionales! ¡Los
nacionales! Niños espantados que, con la boca abierta miran al cielo, como
miraba yo aquella mañana, cuando unos milicianos me fotografiaron. ¡Qué buen cartel para
nuestra guerra!-exclamaron.Y las cuevas, aquellos agujeros tan oscuros, tan
húmedos, donde mohosos candiles débilmente llameaban, donde se apiñaban
barriles con olor fuerte a vino, a maderas viejas… El estallido de las bombas
nos encoge, nos corta la respiración,
nos silencian… Es como un aullido que entra por los oídos y cala de horror el
alma. La voz de Andrés palpita en ecos
que reverberaban en la cabeza de todos: ¡La sangre tiene que correr por las
calles! ¡No puede haber fin sin sangre! ¡Ríos, ríos de sangre tienen
que correr!
Blanca, encargado de cuidarnos,
mientras mi madre -¡pobre mamá!-, casi niña y enferma, de casa en casa,
cambalachea bicarbonato, creo, por un
pedazo de pan. Pero el mosto, que
día y noche chorrea, pegajoso, dulzón en las presas del lagar es nuestro principal alimento. A
escondidas de todos, cuando amainan las faenas, mi madre exclama: ¡Ahora!
Y allanamos aquel gran recinto donde los hombres pisotean las uvas y dónde
grandes presas las exprimen. ¡Uf! Me
provocaba arcadas. Blanca, con un pellizco, me alerta: ¡Que nos pueden oír!
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