MIS TESOROS

MIS TESOROS
ISA, RAMÓN Y BELÉN

lunes, 28 de agosto de 2017

Pinceladas de mi biografía I

Queridos hijos: hoy he decidido que os voy a ir contando algo de mi biografía, y no porque sea de gran interés, pero quiero  que conozcáis qué difícil ha sido mi vida y cómo a pesar de todo, hoy puedo decir que me siento privilegiada por muchas razones, pero creo que la principal no es otra que teneros a vosotros,  haberos visto crecer, trabajar, tener hijos y ser las personas excelentes que sois en todos los sentidos. Pero no os faltarán dificultades, problemas, etc. Y por si no puedo acompañaros, leed  y tal vez  encontréis remedios que a vuestra madre un día le sirvier
                                                          Mi fotografía más antigua
CAPÍTULO I 
Esto era yo una vez, naciendo un veinticuatro de enero, a las siete de la mañana. Sí,  en los años treinta. Cuando las calles de mi pueblo, Villa del Río, solo eran vaho húmedo del Guadalquivir y, cuando el  sereno, en largo bostezo, voceaba la hora y el tiempo: las siete en punto y serenooo  Mi madre, casi niña, con poca salud, agarrada a los barrotes de la cama, hace un último esfuerzo y mi cuerpo, sanguinolento y gelatinoso, llega al mundo, estallando en un fuerte llanto. ¡Una hermosa niña! –exclama la partera, Gertrudis, sosteniéndome boca abajo-. ¡Hermosa y gritona! –añade.
Silencio. Las miradas de mis padres, abrazadas en dolorosa decepción, suspiran, lloran… Mi madre extenuada, con débil voz repite: lo siento, lo siento… Mi padre, acunándome en sus brazos, un beso, unas palabras, más en su corazón que en sus labios: tú no tienes la culpa. En una cuna celeste, no pensada para mí, duermo mi   primera madrugada, y en la plaza, en la Iglesia, en los primeros encuentros de aquella mañana, la noticia: ¡La señora de don Francisco ha tenido otra niña! ¡Pobre doña  Blanca y pobre don Francisco!
Madrugada del veinticuatro de enero de mil novecientos treinta y tres. Instante irrepetible de mi alumbramiento que fue un error; yo no debí nacer. No fui deseada. Yo no era el hijo varón fallecido, el varón buscado. Yo no representaba aquella página dolorosa que mis padres trataron de pasar concibiendo un nuevo hijo. Yo tan sólo era una niña gritona, un bebé que jamás volvería a encontrar la seguridad, la paz, el silencio del sopor fetal.

La prehistoria de mi vida termina en aquella habitación de la calle Queipo de Llano, entonces,  de mi pueblo, y la lucha por la seguridad de un nido, por la aceptación que no tuve, la lucha por  ser deseada, querida y hasta admirada marcará, día a día, mi existencia de la que puedo decir, sin ningún tipo de ponderación, que ni un solo instante de ella he vivido sin sufrimientos inenarrables e incomprensibles, consecuencias, creo   de un intenso mimetismo con el que, sin ser consciente de ello, trataba de  ganarme el cariño, la aprobación y hasta la justificación  de mi presencia en el mundo.

Con el paso de muchos años, de grandes batallas y tremendas frustraciones, un buen día caí en la cuenta de cómo, con  tan vitales y urgentes  necesidades, me obligué a renunciar a ser yo, revistiéndome, en cada caso, con la piel más deseada, más acertada de cara a los demás.

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