Queridos hijos: hoy he decidido que os
voy a ir contando algo de mi biografía, y no porque sea de gran interés, pero
quiero que conozcáis qué difícil ha sido
mi vida y cómo a pesar de todo, hoy puedo decir que me siento privilegiada por
muchas razones, pero creo que la principal no es otra que teneros a
vosotros, haberos visto crecer,
trabajar, tener hijos y ser las personas excelentes que sois en todos los
sentidos. Pero no os faltarán dificultades, problemas, etc. Y por si no puedo
acompañaros, leed y tal vez encontréis remedios que a vuestra madre un día
le sirvier
CAPÍTULO I
Esto era yo una vez, naciendo un
veinticuatro de enero, a las siete de la mañana. Sí, en los años treinta. Cuando las calles de mi
pueblo, Villa del Río, solo eran vaho húmedo del Guadalquivir y, cuando el sereno, en largo bostezo, voceaba la hora y
el tiempo: las siete en punto y serenooo Mi madre, casi niña, con poca salud,
agarrada a los barrotes de la cama, hace un último esfuerzo y mi cuerpo,
sanguinolento y gelatinoso, llega al mundo, estallando en un fuerte llanto. ¡Una hermosa niña! –exclama la partera,
Gertrudis, sosteniéndome boca abajo-. ¡Hermosa
y gritona! –añade.
Silencio. Las miradas de mis padres, abrazadas en dolorosa
decepción, suspiran, lloran… Mi madre extenuada, con débil voz repite: lo siento, lo siento… Mi padre,
acunándome en sus brazos, un beso, unas palabras, más en su corazón que en sus
labios: tú no tienes la culpa. En una cuna celeste, no
pensada para mí, duermo mi primera madrugada, y en la plaza, en la
Iglesia, en los primeros encuentros de aquella mañana, la noticia: ¡La señora de don Francisco ha tenido otra
niña! ¡Pobre doña Blanca y pobre don
Francisco!
Madrugada
del veinticuatro de enero de mil novecientos treinta y tres. Instante
irrepetible de mi alumbramiento que fue un error; yo no debí nacer. No fui
deseada. Yo no era el hijo varón fallecido, el varón buscado. Yo no
representaba aquella página dolorosa que mis padres trataron de pasar
concibiendo un nuevo hijo. Yo tan sólo era una niña gritona, un bebé que jamás
volvería a encontrar la seguridad, la paz, el silencio del sopor fetal.
La
prehistoria de mi vida termina en aquella habitación de la calle Queipo de
Llano, entonces, de mi pueblo, y la
lucha por la seguridad de un nido, por la aceptación que no tuve, la lucha por ser deseada, querida y hasta admirada marcará,
día a día, mi existencia de la que puedo decir, sin ningún tipo de ponderación,
que ni un solo instante de ella he vivido sin sufrimientos inenarrables e
incomprensibles, consecuencias, creo de
un intenso mimetismo con el que, sin ser consciente de ello, trataba de ganarme el cariño, la aprobación y hasta la
justificación de mi presencia en el
mundo.
Con el
paso de muchos años, de grandes batallas y tremendas frustraciones, un buen día
caí en la cuenta de cómo, con tan
vitales y urgentes necesidades, me
obligué a renunciar a ser yo, revistiéndome, en cada caso, con la piel más
deseada, más acertada de cara a los demás.

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