Queridos hijos: Lo último que os escribí fue una muy breve descripción de mi padre, vuestro abuelo. Hoy lo hago de mi madre, vuestra abuela, padres excelentes y abuelos que lo hubieran sido de haberos podido conocer. Leed, pues, y sentiros orgullosos d vuestra familia.
¿Cómo
describiría yo a mi madre? Era como de cristal. Le gustaban las violetas, los
jazmines, los pañuelos, que cada noche lavaba y pegaba en los azulejos del
cuarto de baño para que amanecieran secos y planchados, como papeles de seda,
le gustaba cuidarse las manos y su perfume favorito era esencia de rosas. Muy
religiosa, ¡pero que muy religiosa! Le
gustaban los libros y siempre sobre su mesita de noche, la Biblia, Las mil y
una noches, El Escándalo, Pequeñeces y el
recuerdo, en los últimos años que pasó conmigo antes de su muerte, silenciosa y
algo ausente, con un rosario colgando de sus
manos.
MI MADRE A POCO DE CASARSE
Tras la muerte de mi padre, no soportaba la soledad de su piso, por lo
que pasaba temporadas de casa de un hijo a casa de otro. Sobre todo, en la mía
dónde menos medios encontraba, pero creo yo que sí el inmenso cariño con el que
la recibía.
Toda mi infancia, una angustiosa pesadilla por las
continuas enfermedades de mi madre: cólicos hepáticos, arritmias, anemias… Días
y más días metida en la cama, bajo efectos de morfina que, por prescripción de
don Miguel Coleto, nuestro médico, le inyecta Gertrudis. Mi padre, las pocas
horas que le deja libre su trabajo, las pasaba junto a ella y cuidando de
nosotros y de que todo marchara en la casa. En el hueco del día, no faltaban
las visitas, pero las tardes, aquellas tardes largas y pesadas de primavera, y
las oscuras y frías de invierno, soñolienta y sola, dadas las muchas obligaciones y responsabilidades de todos.
Pero allí estaba yo, siempre al acecho. Desesperada de verla tan enflaquecida,
amarilla y aletargada. Tiemblo, me
rechinan los dientes y lloro, acaricio y beso sus manos y sin despegarme de la
cama, mis ojos se clavan en el bulto de su cuerpo para ver si respira y
temiendo que despierte entre quejidos y
vómitos.
Un día Blanca, mi hermana, exclama: ¡he hecho una promesa para que mamá se
ponga buena...! ¿Y qué es una promesa? –pregunto imaginando las mil cosas
que se le pueden haber ocurrido, incapaces de pasar por mi pobre cabeza-. Pues... ¡eso! ¡Una promesa! Un sacrificio
para que mamá se ponga buena: no comer
pipas, estar de rodillas en la Misa, estar con los brazos en cruz en el
rosario... ¡Muchas cosas...! ¡Pues, yo también quiero hacer una promesa! –exclamo
entusiasmada
Y como en todo, no hay quién me
gané tampoco en promesas. Cientos, imposibles de cumplir. Bajar de rodillas las
escaleras, andar descalza por el jardín, cubrirme el cuerpo de ortigas… ¡Menos
mal que un día, el padre Ángelus, aquel confesor extra de los primeros viernes,
me las permutó todas por tres Avemarías!
Alguna que otra vez, sorprendí a
mi madre llorando en el cuarto de pila. No
me sucede nada –decía-. Un pizco en
el ojo. ¿Por qué lloraría mi madre? Nunca lo supe. Era tan exquisita que
jamás la oí quejarse de algo. Nos contaba, eso sí, que de niña, interna en las
Francesas de Córdoba, la llamaban corazón de oro y que tocaba el piano, antes
de llegar al teclado de pie y que sus padres, mis abuelos, eran aristócratas
que vivían tan a lo bohemio que acabaron, prácticamente, en la pobreza. Era tan
caritativa que, aún en tiempos de tanta
escasez, y a escondidas de mi padre, más severo dada las circunstancias, no
dejaba sin algo de comer a cada pobre que llamaba a nuestra puerta. ¿Por qué
lloraría mi madre?

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