Queridos hijos: el día 21 se celebro el Día Mundial del Alzheimer, y hoy os transcribo un
relato de mi obra "Él estaba allí", un breve relato, a fin de recordaros la necesidad que tenemos todos de ser solidarios con la familias que sufren, en algún miembro, esta tremenda
enfermedad que mañana puede ser nuestra.
CAMINOS
ROTOS
Él, anciano de pelo muy cano que le rebasaba el ala de
un destartalado sombrero, mirada grande, palabras pacientes, tiernas,
murmullo de caricias infinitas. Pasos cortos, torpes, macilentos, viejos… Manos
deformadas por una galopante artrosis que apenas le permitía sostener un vaso
de agua...
Ella, diagnosticada de
alzhéimer, rebosante de carnes
blandas, en un sillón de ruedas, apenas hablaba, apenas se movía, apenas rastro
de ser humano, bulto vegetal que, de vez en cuando, mascullaba ininteligible y
agrios sonidos en los que solo medio se
entendía el nombre de sus hijos.
Él y ella, inquilinos, por caridad, de una mísera
habitación por casa. Matrimonio de toda una vida, cargados de hijos, en soledad
y abandono, convivían.
Ella, estática, eclipsada, perdida…, ¡sabe Dios!
a veces nerviosa, con evidentes temblores que, en más de una ocasión,
habían dado con ella en el suelo.
Él, amor a flor de piel escuchaba y respondía a sus
exigentes silencios e incansables urgencias: sí, ya te voy a dar de comer, ya te voy a lavar,
a peinar, a poner guapa. ¡Ya voy! ¡Ya mismo voy! ¡Tranquilita que ya voy!
Él y ella, a veces, en silencio, se miraban, como queriendo
reverberar, con fervor de lágrimas, en
instantes de lucidez y complicidad, migajas de recuerdos, voces ahogadas,
silencios de años, hijos ausentes..., caminos rotos…
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