Buenos y felices días, amigos: hoy quiero empezar a escribir o transcribir textos amenos y relajantes que voy a titular "Lecturas de Verano". Espero os gusten.
EL ESPANTAPÁJAROS
Hoy he vuelto a ver un espantapájaros. Estaba en medio del lechugar del huerto de Lorencito. Era gracioso. Parecía un hombre de verdad, un hombre de palo: brazos erectos como si fueran aspas de una maltrecha cruz. Viejo sombrero de paja, que le caía tapándole un siniestro e inexistente rostro. Bufanda de cuadros rechinantes, que le llegaba hasta el suelo, y una haraposa chaqueta panda como la de un viejo payaso.
Había silencio en el huerto. Sólo el ruido del agua, al caer por los arcaduces de una noria chiquita que, lentamente, movía un borriquillo, dando vueltas con los ojos vendados. Resultaba agradable el olor de la tierra mojada por el riego de aquellos finos chorros de agua que corrían por los surcos.
Se notaba, en un preludio de primavera, el verdor de la hierba y el largo y anaranjado cielo de los atardeceres. Unos gorriones piaban inquietos en los cables del teléfono, en los árboles frutales, en los postes de la luz. Recelosos, no se fiaban de bajar al lechugar. Parecía como si todos a la vez, mirando al espantapájaros, se comunicaran: ¡cuidado! ¡Hay un hombre!
Si yo hubiese sido gorrión, también habría sentido miedo del hombrachón del sombrero: del espantapájaros.
Si los pájaros me hubiesen entendido, yo les habría gritado: ¡Si sólo es un palo vestido! ¡No temáis! ¡Podéis bajar tranquilos!
¡Cuántos "palos vestidos" andan por el mundo!, y ¿por qué a veces sentimos tanto miedo de ellos? No, no son gigantes. Su poder es tan efímero que un soplo de viento puede abatirlo. No obstante, ahí están: ¡Pobres demonios, olvidados de su careta y provisionalidad!
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