(De mi obra Cartas a mis hijos y nietos)
Siempre esta casa ha estado más cerca del cielo que de la tierra.
En la madrugada de cada día, vosotros, hijos, primero, hijos nietos, después, mi mejor obra, estáis presentes, aquí, en esta vuestra casa, como los niños que fuisteis, con vuestros juegos, peleillas, curiosidades, intereses, estudios, problemas… También como los adultos que sois, hoy
Os veo y un pensamiento me duele en el alma:
tendréis que madurar y ser sabios, a fuerza de golpes que casi siempre son
duros para el que los recibe, si bien,
no sólo duros, sino nocivos y germen de infelicidad para quienes los propician.
Y es que los
seres humanos, en general, se olvidan de su provisionalidad y buscan,
ansían, a cualquier precio, el poder,
el protagonismo, ahogando, en su absurda escalada, cualquier valor superior
que pueda ensombrecer su mediocre actuación en este gran teatro que
es la existencia.
De ahí que la
mejor manera de alertaros, sobre tales usurpadores, por si en algo podéis
sacarle ventaja, sea estas Cartas que hoy, con todo mi amor, os quiero regalar: esta
sencilla obra, escritas al
hilo de los acontecimientos que vamos
compartiendo y al hilo de lo que voy aprendiendo de mi ya largo rodar, sacudida
siempre por una corriente que, no obstante, jamás logró arrastrarme, porque, en
mi debilidad, tuve coraje de ser roca que, golpeada duramente, sólo fuera demolida por el inevitable oleaje
del mar; jamás por el chantaje, la mentira, la adulación...
No le tengáis
miedo a nada, ni tan siquiera a la muerte, si habéis vivido como lo que sois: seres humanos. Tended vuestras manos a quienes las necesiten, sin
mirar el color de su piel o el nombre que ondea en su frente. Miradlos, sí, a
los ojos y encontraréis dentro de ellos un indescriptible misterio que no es
otro que aquel con el que todos fuimos timbrados al nacer: vida y muerte.
Vuestra madre, un día ya muy lejano, se miró en el espejo de otro
ser humano, y eligió, como arma para andar por la vida, el amor. No, no
me arrepiento, y os digo más: a cada paso, volved la vista atrás y si
encontráis alguna espina salida de vuestro corazón, desandad el camino y
sacadla de raíz. En su lugar, sembrad una rosa.
Y esta
madrugada hay una maravillosa tormenta sobre el cielo de nuestra ciudad.
En ella
estoy. La vivo en su maravilloso poder que me llega en mil relámpagos y
truenos. También la vivo en la calma que llegara, sin duda. ¡Ya lo creo que
llegará!
Y sin orden
cronológico alguno, ya lo veis, iré simultaneando, eso sí, mis bien guardas, durante tantos
años, cartas, unas publicadas, otras, no. ¡Qué más da!
Sé que jamás dudaréis del inmenso cariño que os tengo y que os tuvo papá. Os dimos lo mejor que teníamos y, sin duda, en ese paquete iban errores, equivocaciones, fruto de la condición de humanos que, al buscar lo mejor, nos podemos equivocar como os pasará, sin duda, a vosotros.
Y empecé... no sé cuántos años ya, y hoy, lunes 27 de enero de 2014, vuelvo a empezar.
Sé que jamás dudaréis del inmenso cariño que os tengo y que os tuvo papá. Os dimos lo mejor que teníamos y, sin duda, en ese paquete iban errores, equivocaciones, fruto de la condición de humanos que, al buscar lo mejor, nos podemos equivocar como os pasará, sin duda, a vosotros.
Y empecé... no sé cuántos años ya, y hoy, lunes 27 de enero de 2014, vuelvo a empezar.

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