MIS TESOROS

MIS TESOROS
ISA, RAMÓN Y BELÉN

lunes, 27 de enero de 2014

Dedicatoria a mis hijos


(De mi obra Cartas a mis hijos y nietos)


Siempre esta casa ha estado más cerca del cielo que de la tierra.

En la madrugada de cada día, voso­tros, hijos, primero, hijos nietos, después, mi mejor obra, estáis presentes, aquí, en esta vuestra casa, como los niños que fuisteis, con vuestros juegos, peleillas, curiosidades, intereses, estudios, problemas… También como los adultos que sois, hoy
Os veo y un pensamiento me duele en el alma: tendréis que madurar y ser sabios, a fuerza de golpes que casi siempre son duros para el  que los recibe, si bien, no sólo duros, sino nocivos y germen de infelicidad  para quienes los propician.
Y es que los seres humanos, en ge­neral, se olvidan de su provisionali­dad y buscan, ansían, a cualquier precio, el poder, el  protagonismo, ahogando, en su  absurda escalada, cualquier valor superior que  pueda ensombrecer  su mediocre actuación en este gran teatro que es la exis­tencia.
De ahí que la mejor manera de alertaros, sobre tales usurpadores, por si en algo podéis sacarle ventaja, sea estas Cartas que hoy, con todo mi amor, os quiero regalar: esta sencilla obra,  escritas al hilo  de los acontecimientos que vamos compartiendo y al hilo de lo que voy apren­diendo de mi ya largo rodar, sacu­dida siempre por una corriente que, no obstante, jamás logró arrastrarme, porque, en mi debilidad, tuve coraje de ser roca que, golpeada duramente,  sólo fuera demolida por el inevita­ble oleaje del mar; jamás por el chantaje, la mentira, la adulación...
No le tengáis miedo a nada, ni tan siquiera a la muerte, si habéis vivido  como lo que sois: seres humanos. Tended  vuestras manos a quienes las necesiten, sin mirar el color de su piel o el nombre que ondea en su frente. Miradlos, sí, a los ojos y en­contraréis dentro de ellos un indes­criptible misterio que no es otro que aquel con el que todos fuimos tim­brados al nacer: vida y muerte.
  Vuestra madre, un día ya muy le­jano, se miró en el espejo  de otro  ser humano, y eligió, como arma para andar por la vida, el amor. No, no me arrepiento, y os digo más: a cada paso, volved la vista atrás y si encontráis alguna espina salida de vuestro corazón, desandad el camino y sacadla de raíz. En su lugar, sem­brad una rosa.
Y esta madrugada hay una maravi­llosa tormenta sobre el cielo de nues­tra ciudad. 
En ella estoy. La vivo en su maravilloso poder que me llega en mil relámpagos y truenos. Tam­bién la vivo en la calma que llegara, sin duda. ¡Ya lo creo que llegará!

Y sin orden cronológico alguno, ya lo veis, iré simultaneando, eso sí, mis bien guardas, durante tantos años, cartas, unas publicadas, otras, no. ¡Qué más da!
Sé que jamás dudaréis del inmenso cariño que os tengo y que os tuvo papá. Os dimos lo mejor que teníamos y, sin duda, en ese paquete iban errores, equivocaciones, fruto de la condición de humanos que, al buscar lo mejor, nos podemos equivocar como os pasará, sin duda, a vosotros.
Y empecé... no sé cuántos años ya, y hoy, lunes 27 de enero de 2014, vuelvo a empezar.













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