MIS TESOROS

MIS TESOROS
ISA, RAMÓN Y BELÉN

lunes, 27 de enero de 2014

¡Qué tiempo tan feliz!




A mi hija Isabel María
Ya es historia  la madrugada del pa­sado diecisiete de febrero. Ya el re­cuerdo de aquellas horas es tan sólo algo así como el perfume que el tomillo y el romero dejan en nuestras ma­nos cuando, suavemente, lo frotamos. 
Eran las once de la noche, cuando el milagro de la vida se tornaba urgencia en dolores de parto. Yo estaba allí, vida mía, como siempre sin hacer grandes cosas, pero queriendo suplir­las todas con mi amor. 
Te perdiste por unos minutos. Tus pequeños, Gonzalo y Javier, incesantemente preguntaban:  ¿Cuándo viene la hermanita?   Ya falta poco -les repetía-, ya nos vamos al hospital por ella. Y, cuando te creía lista para correr, te presentaste, doblada de dolores, con una fuente de calamares y no sé cuántas cosas más:  Cena, mamá; tú no puedes venir sin cenar. Jamás podré olvidar aquella miscelánea explosión de tiernos sen­timientos que me agarrotaba la gar­ganta.
Sí, ¡qué tiempo tan feliz aquel cuando, tras la emocinada espera, el llanto de una niña, de tu deseada pequeña irrumpía en el silencio de aquellas so­litarias galerías! ¡Cómo me sobrecoge siempre el misterio de la vida que se abre como el capullo del bosque en plena madrugada!
Quiero decirte, hija, cuánto admiro tu coraje, tu deseo, y también, ¡como no! el de tu marido, de formar una familia, a pesar de tantas dificultades como conllevan en estos tiempos tres hijos, y quiero decirte que seas consciente de cuán hermoso es vivir estos años en plenitud y conciencia de los mismos, porque pasarán tan pronto como un suspiro, y si hoy los hijos son trabajo, preocupación,  sa­crificio, mañana añorarás esas camitas de pequeños que abrazados a osos de peluche duermen bajo tu amorosa  y atenta mirada. ¡Qué tiempo tan feliz viven los padres cuando todos duer­men a la misma hora, cuando todos comen en la misma mesa, cuando los hijos sólo son juego e irreparable des­pertar a la vida!
 También yo me felicito, porque, una vez más, compruebo que soy algo más que un puñado de ingenuas ilusiones, mil veces rotas y recuperadas no obs­tante: soy, por cuarta vez, abuela.



  

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