MIS TESOROS

MIS TESOROS
ISA, RAMÓN Y BELÉN

martes, 6 de mayo de 2014

Ser santos, hoy



                 Ser siempre honrados -nos decía mi padre, vuestro bisabuelo- 
             y cumplid con vuestros deberes con los demás que son muchos.

Tras mi habitual mirada al atardecer, que me llega por el color del jardín que ronda mi ventana, organizo mi soledad. Hoy, ante mi vista un libro, y en él palabras desencadenastes de  un flujo y reflujo de recuerdos, y realidades presentes.   ... yo os digo  que si alguna voz oyera la voz de mi deber en contra de lo que hubiera con más calor toda mi vida susten­tado, me consideraría indigno de toda estimación, y en mi conciencia me tendría por prevaricador, si no pisoteara mis palabras anteriores y ajustara mis actos a mis deberes.
  Hay fechas, recuerdos que conllevan un halo de nostalgia.  Hoy, de forma muy  particular, me traslado a mis años de infancia y juventud. Sí, yo quería ser santa. Y para ello, oraciones, sacrificios, re­nuncias, Misas, Comuniones, más un laguísimo etcétera que me man­tenía en continuo trance de fervor y recogimiento.
Pero he aquí que hace tiempo caí en la cuenta de que, para ser honrada, sincera conmigo misma, tenía que romper con aque­lla  arcaica idea de  santidad,  obje­tivo primordial en mi vida, porque  mi actitud ante ella había experimen­tado tal giro que para nada  mi fe, mis costumbres de entonces, se ajustaban a mis deberes, a mi fe de hoy.
 Dice Maeterlinck: Lo que destruye las posibilidades de la vida es per­manecer siempre en la cárcel de nuestros pequeños ideales sin gene­rosidad y sin ardor, mientras el sol ilumina la tierra alrededor de nues­tra  casa.
Y es por eso, que lejos de aquellos absurdos anhelos de santidad, mi búsqueda se encamine por los  so­lea­dos paisajes del amor. Amor a todos los seres humanos hasta   dónde pueda llegar con mi capacidad para construir, luchar, reivindicar...  Y en esta corta dimensión por  donde  dilatarse puedan mis inquie­tudes, hay un espacio que me co­rresponde y que no quiero dejar vacío por de­sidia,  o comodidad, porque, cuando llegue el sublime  momento del adiós definitivo, no quiero que me sorprenda de brazos cruzados, con­templando cómo el mundo se hace trizas, y yo me elevo en “santidad” en un paraíso que nunca fue.
Ser santo, hoy, equivale a ser hon­rado, justo, solidario... humano. Pero no solo a serlo sino a luchar contra todo lo que se oponga a estos valores que nos pertenecen a todos, porque todos nacimos en blanco, si bien la vida no ha tenido para todos idéntica canción
No olvidéis, hijos, que lo más va­lioso que poseemos es nuestra con­dición de seres humanos que ojalá no perdáis nunca por nada ni por nadie. Amad, perdonad, ayudad, mirad y ved qué hay a vuestro alrededor porque seguro encontraréis muchos motivos para practicar ese humanismo tan preciso siempre pero especialmente en estos tiempos y en esta sociedad.
Os quiero muchísimo y estoy orgullosa porque sé qu eno solo me entendéis sino que ya estáis en camino. 

 


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