Ser siempre honrados -nos decía mi padre, vuestro bisabuelo-
y cumplid con vuestros deberes con los demás que son muchos.
Tras mi
habitual mirada al atardecer, que me llega por el color del jardín que ronda mi
ventana, organizo mi soledad. Hoy, ante mi vista un libro, y en él palabras desencadenastes de un flujo y reflujo de
recuerdos, y realidades presentes. ...
yo os digo que si alguna voz oyera la
voz de mi deber en contra de lo que hubiera con más calor toda mi vida sustentado,
me consideraría indigno de toda estimación, y en mi conciencia me tendría por
prevaricador, si no pisoteara mis palabras anteriores y ajustara mis actos a
mis deberes.
Hay fechas, recuerdos que conllevan un
halo de nostalgia. Hoy, de forma muy particular, me traslado a mis años de
infancia y juventud. Sí, yo quería ser santa. Y para ello, oraciones,
sacrificios, renuncias, Misas, Comuniones, más un laguísimo etcétera que me
mantenía en continuo trance de fervor y recogimiento.
Pero he aquí
que hace tiempo caí en la cuenta de que, para ser honrada, sincera conmigo
misma, tenía que romper con aquella
arcaica idea de santidad, objetivo primordial en mi vida, porque mi actitud ante ella había experimentado tal
giro que para nada mi fe, mis costumbres
de entonces, se ajustaban a mis deberes, a mi fe de hoy.
Dice Maeterlinck: Lo que destruye las
posibilidades de la vida es permanecer siempre en la cárcel de nuestros
pequeños ideales sin generosidad y sin ardor, mientras el sol ilumina la
tierra alrededor de nuestra casa.
Y es por eso,
que lejos de aquellos absurdos anhelos de santidad, mi búsqueda se encamine por
los soleados paisajes del amor. Amor a
todos los seres humanos hasta dónde
pueda llegar con mi capacidad para construir, luchar, reivindicar... Y en esta corta dimensión por donde
dilatarse puedan mis inquietudes, hay un espacio que me corresponde y
que no quiero dejar vacío por desidia,
o comodidad, porque, cuando llegue el sublime momento del adiós definitivo, no quiero que me sorprenda de brazos
cruzados, contemplando cómo el mundo se hace trizas, y yo me elevo en “santidad”
en un paraíso que nunca fue.
Ser santo,
hoy, equivale a ser honrado, justo, solidario... humano. Pero no solo a serlo sino a luchar contra todo lo que se oponga a estos valores que nos pertenecen a todos, porque todos nacimos en blanco, si bien la vida no ha tenido para todos idéntica canción
No olvidéis,
hijos, que lo más valioso que poseemos es nuestra condición de seres humanos que ojalá no perdáis nunca por nada ni por nadie. Amad, perdonad, ayudad, mirad y ved qué hay a vuestro alrededor porque seguro encontraréis muchos motivos para practicar ese humanismo tan preciso siempre pero especialmente en estos tiempos y en esta sociedad.
Os quiero muchísimo y estoy orgullosa porque sé qu eno solo me entendéis sino que ya estáis en camino.

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