CIELO, divina filigrana de nubes negras, grises, blancas...
Silencio y soledad.
Sierra, corazón salvaje de jaras, matorrales...
pinares que late en abismos, yermos, valles...
Aire fresco que aletea por entre las ramas de
los frutales en un sonoro, místico y
nostálgico misterio que rememora el oleaje de playas en calma.
Ladridos lejanos, ruido alto de un avión,
canto ancestral de gallos, chirriar de pozos, arrullos de palomos... Y encinas,
chaparrales, tomillo romero…
Y yo
aquí, estática, elemento más del paisaje, atenta, dócil, agradecida..., vigilo,
asisto al óbito lento que va segando verdes en reverente sintonía con el crepúsculo
que de tonos violáceos va tiñendo el horizonte.
Sí; quiero inundarme de luz, de cielo, de
verdes, negros, blancos...
Quiero que me posea este rincón de la tierra donde los ecos del silencio
reverberan palabras, gestos, amores que
me siguen latiendo, habitando, cálidos, izando alas a mis más puros
sentires.
¡Dios cómo se agita mi alma en torrente de
lágrimas y sonrisas! ¡Ecos, si, tan lejanos!
Éxtasis de Ángelus crepuscular. Momentos
mágicos que quisiera plasmar en el
lienzo de la historia, con el pincel,
recóndita brisa de mi alma,
blanca luna de mar llena
Pasa el cielo, se acaba el día.
Apresúrate, amigo. Escuchemos juntos el
sollozar del viento Comportamos el ritmo
de los últimos compases del día.
¡No tardes! Te espero. ¿Vendrás?

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