No permitáis, hijos, que un ser humano
viva hundido en soledad y abandono
Queridos hijos: anoche en
el telediario, una vez más, hablaban del mal trato dado a los ancianos en una
Residencia. Se me conmovió el alma. Y busqué y releí capítulos, fragmentos de
mi novela titulada Limite de Eternidad cuyo prólogo escribió el gran crítico
andaluz Ortiz de Lanzagorta refiriéndose a esta novela como lo mejor que había
leído en narrativa andaluza. La edición fue tan corta que el Ayuntamiento de mi
pueblo la compró y ahí quedó todo.
Trata de un maestro mayor que en una
Residencia escribe a sus hijos, contándole su pasado y su presente. Es una
novela realista, derroche de ternura, compresión, amor, etc. por todos,
pero es también un estudio psicológico de personajes.
Es por eso que si bien vosotros sois excelentes hijos y ya lo habéis demostrado en numerosas ocasiones, quiero que noticias como estas no queden en un telediario sino que sirvan para entended, amad y respetad a los mayores como lo mejor que nos puede hablar de nuestro pasado y, sobre todo, de nuestro posible futuro.
Es por so que he elegido este relato de los muchos que en esta novela cuento y que están basados en realidades conocidas por mí en mi intento de aproximación a estas situaciones para escribir una novela que se alejara de historias ficticias.
Dice así:
Mi buen amigo y compañero Carmona esperaba hoy a su hija y
nietos. Durante todo el día, a pesar de su acostumbrado pesimismo, hoy, desde
bien temprano, lo he notado con un gesto
de felicidad que le salía a flor de boca: ¡Veremos a ver esos pillines de mis nietos que
le traen al abuelo! –ha exclamado-. Mi yerno también viene, aunque mi hija es
la que dispone pero él me quiere, y yo no tengo queja. Lo hace muy
bien con mi hija, y conmigo, que cuando paga la Residencia, le queda bien
poquito de mi paga.
Pero, a medida que ha ido cayendo la tarde, Carmona, bien
arreglado, sentado en un poyete del caminillo de entrada, esperando el coche de
la familia, se ha ido poniendo triste, como si, poco a poco, se fuese desvaneciendo
su alegría: no han venido –me dijo con lágrimas disimuladas- No obstante saca
fuerzas para conservar su humor y disculparlos: ¡no, si yo me estaba figurando
que no iban a venir. Me decía que la chica estaba un poco tontilla con las
vacunas. Seguro que la tiene mala. De no ser así, ellos hubieran venido por
encima de todo.
¡Pobre Carmona! ¡Si su hija lo hubiera visto toda la tarde
esperando, apoyado en su marrilla, con la gorra hasta los ojos y su rostro
feliz al principio y preocupado después, y sus ojos traspuestos con cada coche
que entraba y salía...!
La
madre Marcela tocaba la campana anunciando la hora de la cena, ¡Vemos, hombre!
- exclamé-; otro día vendrán. Vete tú, Paco. Esperaré otro poco por si
hubiesen tenido algún percance con el coche.
Tarde, muy tarde, la hermana Marcela lo entraba al
dormitorio. Al paso lo oí exclamar: ¡Si es que ya somos un estorbo!
Soledad
de los ancianos, que hemos aprendido a tragarnos los malos ratos y seguir
sonriendo, aunque nuestra sonrisa, bien entendida, sea la expresión de nuestras
lágrimas por el olvido y soledad en que nos dejan nuestros seres más queridos.
Hasta
aquí, un relato de esta novela real como la vida, un relato para reflexionad y
entended que no es devoción el atender a los padres sino una gran obligación.

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