MIS TESOROS

MIS TESOROS
ISA, RAMÓN Y BELÉN

sábado, 16 de septiembre de 2017

De mi biografía. Capítulo II


PRIMEROS RECUERDOS
VADEPEÑAS, ZONA ROJA
Mis primeros recuerdos se remontan  a la edad de tres años, o tal vez menos, cuando, mi padre, guiado por sus responsabilidades profesionales   decidió huir del pueblo, nada más comenzar la guerra Son estos recuerdos e historias que he repetido, como dije anteriormente, en otras obras, pero que se hacen imprescindibles en esta, si en ella quiero esbozar, al menos, algo de mi biografía. Fuimos, y somos siete hermanos. Entre Blanca, la mayor, y yo, un varón   que murió, cuando mi vida se forjaba por el vientre de mi madre. Al empezar  la guerra, andábamos por el mundo, Blanca, yo y Rafael, un año más pequeño. Mi madre estaba embarazada del quinto hijo, Benito que nació, pues  , en Valdepeñas, destino de nuestro destierro. Los tres hermanos restantes, María Jesús, Paco y Estrella, nacieron después de la guerra. 
Y allí, Valdepeñas, zona roja, una casa grande, un lagar donde se pisaba y exprimía la uva, donde el hombre de ojos amarillos, Andrés,  por no sé qué enfermedad,  repetía a voces: Antes de que termine la guerra, tenemos que ver la sangre correr como ríos por las calles. Me recuerdo, cada mañana, junto a su hija de largas trenzas, que desayunaba  en el gran patio de acceso al lagar. Esperaba, pacientemente, que terminara, que se levantara para, con la punta de mis dedos recoger las migajas pegadas al plato que dejaba abandonado  en una improvisada mesita. En mis cortos años nada entendía pero me asustaban las palabras de aquel hombre, y la calle, una gran Avenida, escenario de mis constantes miradas, por donde esperaba ver la sangre correr, al tiempo que la noticia tan esperada del final de una  guerra de la que nada sabía y el regreso de nuestro padre y a nuestra casa que, como a ráfagas, recordaba,  a veces,  o de la que nada sabía, otras. Mucho, mucho horror de tanta sangre, de ríos de sangre inundando de  rojo calles y plazas. Sirenas, gente que corre, que grita: ¡Los nacionales! ¡Los nacionales! Niños espantados que, con la boca abierta miran al cielo, como miraba yo aquella mañana, cuando unos milicianos me fotografiaron. ¡Qué buen cartel  para nuestra guerra!-exclamaron.
Y las cuevas, aquellos agujeros tan oscuros, tan húmedos, donde mohosos candiles débilmente llameaban, donde se apiñaban barriles con olor fuerte a vino, a maderas viejas… El estallido de las bombas nos encoge, nos corta  la respiración, nos silencian… Es como un aullido que entra por los oídos y cala de horror el alma. La voz de Andrés palpita  en ecos que reverberaban en la cabeza de todos: ¡La sangre tiene que correr por las calles!   ¡No puede haber  fin sin sangre! ¡Ríos, ríos de sangre tienen que correr!
     

No hay comentarios:

Publicar un comentario