PRIMEROS RECUERDOS
VADEPEÑAS, ZONA ROJA
Mis primeros recuerdos se remontan a la edad
de tres años, o tal vez menos, cuando, mi padre, guiado por sus
responsabilidades profesionales decidió huir del pueblo, nada más comenzar la guerra Son estos recuerdos e historias que he repetido, como dije
anteriormente, en otras obras, pero que se hacen imprescindibles en esta, si en
ella quiero esbozar, al menos, algo de mi biografía. Fuimos, y somos siete hermanos. Entre Blanca, la mayor, y yo, un
varón que murió, cuando mi vida se
forjaba por el vientre de mi madre. Al empezar
la guerra, andábamos por el mundo, Blanca, yo y Rafael, un año más
pequeño. Mi madre estaba embarazada del quinto hijo, Benito que nació, pues , en
Valdepeñas, destino de nuestro destierro. Los tres hermanos restantes, María
Jesús, Paco y Estrella, nacieron después de la guerra.
Y allí, Valdepeñas, zona roja, una casa grande, un lagar donde se
pisaba y exprimía la uva, donde el hombre de ojos amarillos, Andrés, por no sé qué enfermedad, repetía a voces: Antes de que termine la guerra, tenemos que ver la sangre correr como
ríos por las calles. Me recuerdo, cada mañana, junto a su hija de largas trenzas, que
desayunaba en el gran patio de acceso al
lagar. Esperaba, pacientemente, que terminara, que se levantara para, con la
punta de mis dedos recoger las migajas pegadas al plato que dejaba abandonado en una improvisada mesita. En mis cortos años nada entendía pero me asustaban las palabras de
aquel hombre, y la calle, una gran Avenida, escenario de mis constantes
miradas, por donde esperaba ver la sangre correr, al tiempo que la noticia tan
esperada del final de una guerra de la
que nada sabía y el regreso de nuestro padre y a nuestra casa que, como a
ráfagas, recordaba, a veces, o de la que nada sabía, otras. Mucho, mucho
horror de tanta sangre, de ríos de sangre inundando de rojo calles y plazas. Sirenas, gente que
corre, que grita: ¡Los nacionales! ¡Los nacionales! Niños espantados
que, con la boca abierta miran al cielo, como miraba yo aquella mañana, cuando
unos milicianos me fotografiaron. ¡Qué
buen cartel para nuestra guerra!-exclamaron.
Y las cuevas, aquellos agujeros tan oscuros, tan húmedos, donde mohosos
candiles débilmente llameaban, donde se apiñaban barriles con olor fuerte a
vino, a maderas viejas… El estallido de las bombas nos encoge, nos corta la respiración, nos silencian… Es como un
aullido que entra por los oídos y cala de horror el alma. La voz de Andrés
palpita en ecos que reverberaban en la
cabeza de todos: ¡La sangre tiene que correr por las calles! ¡No puede haber fin sin sangre! ¡Ríos, ríos de sangre tienen
que correr!
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