MIS TESOROS

MIS TESOROS
ISA, RAMÓN Y BELÉN

viernes, 1 de septiembre de 2017

Fin capítulo I de mi biografía

Yo, pues, no nací el día que salí del útero materno, aquella lejana y fría madrugada de enero. La auténtica, la única e irrepetible persona que soy –como todo ser humano-, nació, el día aquel, cuando a pie de lápida y rodeada de mis tres hijos y algunos amigos, daba el último beso al hombre que fue mi compañero durante veintiocho años. Allí, un treinta de abril, en plena primavera, el mundo  se me presentaba como un caos de nuevos horizontes, negros, muy negros. Un túnel por el que mis pasos se negaban a caminar, un escenario inédito en el que mi personaje se quedaba sin papel, un electrizante escalofrío que paralizaba mis pulsos y cegaba mis sentidos. Alguien al oído me susurró: No estás sola; tienes a tus hijos y te tienes a ti. Se  valiente una vez más.
Los  cielos despejados, los cipreses erectos, sin sombras, los pasos por aquellas calles  engalanadas de fúnebres coronas, lamparillas… silencios  de todos que, sosteniendo sus piros, regresábamos con la pena y los recuerdos almacenados en el alma. Y aquella voz a mis oídos, No estás sola; tienes a tus hijos y te tienes a ti. Se  valiente una vez más,  al igual que aquella otra del legendario sereno de mi pueblo aquel veinticuatro de enero, me pareció anunciar mi auténtico y  nuevo alumbramiento: sí, tendría que luchar, sacar, de la nada fuerzas, aunque, volviendo, una vez más, a la soledad.
Y sí, fue allí, cuando, al fin, tomaba en libertad, las riendas de mi vida. Aquel día, con cincuenta años, según rezaba en mi carnet de identidad, nacía, desnuda de compromisos impuestos, saldando deudas que no me pertenecían, con las manos vacías de decisiones ajenas, la persona que soy hoy, libre, sí, pero tan variopintos tatuajes quedaron imborrables en mi piel y,  con ellos a mis espaldas he caminado, camino ya hacia los ochenta.
 Las palabras de mi padre, como eco de aquella decepción que fue mi nacimiento,   me las he repetido  largos años: Tú no tienes la culpa.
No obstante, yo no fui deseada, luego no debí nacer.

Y aquella cancioncilla de mi madre, “Esta niña chiquita no tiene a nadie / su madre una gitana / la echó a la calle”, a lo largo de mi vida, y aún en el presente de mis días, la siento como mi más gran realidad: muchas, muchas veces me han “echado a la calle”

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