Yo, pues, no nací el día que salí del
útero materno, aquella lejana y fría madrugada de enero. La auténtica, la única
e irrepetible persona que soy –como todo ser humano-, nació, el día aquel,
cuando a pie de lápida y rodeada de mis tres hijos y algunos amigos, daba el
último beso al hombre que fue mi compañero durante veintiocho años. Allí, un
treinta de abril, en plena primavera, el mundo
se me presentaba como un caos de nuevos horizontes, negros, muy negros.
Un túnel por el que mis pasos se negaban a caminar, un escenario inédito en el
que mi personaje se quedaba sin papel, un electrizante escalofrío que
paralizaba mis pulsos y cegaba mis sentidos. Alguien al oído me susurró: No estás sola; tienes a tus hijos y te
tienes a ti. Se valiente una vez más.
Los cielos despejados, los cipreses erectos, sin
sombras, los pasos por aquellas calles
engalanadas de fúnebres coronas, lamparillas… silencios de todos que, sosteniendo sus piros,
regresábamos con la pena y los recuerdos almacenados en el alma. Y aquella voz
a mis oídos, No estás sola; tienes a tus
hijos y te tienes a ti. Se valiente una
vez más, al igual que aquella otra
del legendario sereno de mi pueblo aquel veinticuatro de enero, me pareció
anunciar mi auténtico y nuevo
alumbramiento: sí, tendría que luchar, sacar, de la nada fuerzas, aunque,
volviendo, una vez más, a la soledad.
Y sí, fue allí, cuando, al fin,
tomaba en libertad, las riendas de mi vida. Aquel día, con cincuenta años,
según rezaba en mi carnet de identidad, nacía, desnuda de compromisos
impuestos, saldando deudas que no me pertenecían, con las manos vacías de
decisiones ajenas, la persona que soy hoy, libre, sí, pero tan variopintos
tatuajes quedaron imborrables en mi piel y,
con ellos a mis espaldas he caminado, camino ya hacia los ochenta.
Las palabras de mi padre, como eco de aquella decepción que fue mi
nacimiento, me las he repetido largos años: Tú no tienes la culpa.
No obstante, yo no fui deseada, luego
no debí nacer.
Y aquella cancioncilla de mi madre, “Esta niña chiquita no tiene a nadie / su
madre una gitana / la echó a la calle”, a lo largo de mi vida, y aún en el
presente de mis días, la siento como mi más gran realidad: muchas, muchas veces
me han “echado a la calle”
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