(Fue un día de febrero hace ya años)
¡Qué gran tesoro tu belleza interior!
Seis y media de la mañana. En esta terraza de
siempre, tras insoportables calor, al
fin me refresco y sin cesar pienso en ti, mi niña, que por primera vez te encuentras lejos de mí.
Sí, estabas preciosa con tu vestido de
novia. A diestra y siniestra los comentarios eran unánimes: Parece una
princesa de cuento. ¡Está linda!, etc. Por supuesto, nadie más que tu
madre podía verte preciosa, pero aquellas lágrimas que no pude contener eran
expresión de algo más profundo que tu
innegable encanto, que tus innegables dones de
medio hechizar con esa tu expresión entre ingenua y picaresca que se
eterniza en una dulce sonrisa.
Lo que me emocionaba y de lo que en
ésta medio madrugada quiero
hablarte, es de ésa otra belleza: la de tu paisaje interior, tan ignorado, a veces,
por los que te rodean, tan recóndito y hasta desconocido por ti misma, pero
del que tu madre, siempre metida en tu piel, puede dar buena cuenta, porque tus
auténtica valores, aquellos por los que mereces ser considerada, amada y hasta
admirada van mucho más allá de un físico atractivo y seductor.. Tú, mi vida,
eres tierna, inteligente, fuerte, decidida, generosa, trabajadora... Eres alegre, afectuosa y, como ya lo has
demostrado en alguna ocasión, hasta heroica, si es preciso.
Esas prendas de las que te ha dotado la
vida no puedes ignorarlas: son tu mayor tesoro, y no precisamente para frivolizar
con ellas, sino para que busques la
verdadera belleza en el movimiento del mundo, como la barca, que recoge su
gracia del viento y del agua.
Las ostras sienten un dolor pesado en
su interior que no es otra cosa que una perla de inigualable belleza, cuyo destino es volar lejos, volar
alto. Cultiva la tuya para que no te
suceda lo que al olmo: tiene bellas ramas, pero no da fruto.
Tu gran bien lo encontrarás, antes de
que sea tarde, en los valores de tu paisaje
interior. No lo olvides, porque la vida se encargará de contártelo en
breve.
Mi gaviotilla, mi preciosa avecilla de los mares, vuela siempre por
encima de tormentas y olas gigantesco pero
recuerda que las gaviotas jamás se ahogan en el mar.
Sé tú siempre, hija mía, libre, sin más
limitaciones que aquellas que puedan herir a otro ser humano, auténtica porque
nada hay más hermoso que lo verdadero.
¡Cuánto, cuánto te quiero, mi vida!

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