MIS TESOROS

MIS TESOROS
ISA, RAMÓN Y BELÉN

lunes, 17 de febrero de 2014

A ni hija Belén en el día de su boda


(Fue un día de febrero hace ya años)
                                      ¡Qué gran tesoro tu belleza interior!
 Seis y media de la mañana. En esta te­rraza de siempre, tras insoportables  calor, al fin me refresco y sin cesar pienso en ti, mi niña, que por primera vez  te encuentras lejos de mí.
Sí, estabas preciosa con tu vestido de novia. A diestra y siniestra los comen­tarios eran unánimes: Parece una princesa de cuento. ¡Está linda!, etc. Por supuesto, nadie más que tu madre podía verte preciosa, pero aquellas lágrimas que no pude conte­ner eran expresión  de algo más pro­fundo que tu innegable encanto, que tus innegables dones de  medio hechi­zar con esa tu expresión entre ingenua y picaresca que se eterniza en una dulce sonrisa. 
Lo que me emocionaba y de lo  que en  ésta medio madrugada  quiero hablarte, es de ésa otra belleza: la de tu paisaje interior, tan ignorado, a veces, por los que te rodean, tan re­cóndito y hasta desconocido por ti misma, pero del que tu madre, siempre metida en tu piel, puede dar buena cuenta, porque tus auténtica valores, aquellos por los que mereces ser con­siderada, amada y hasta admirada van mucho más allá de un físico atractivo y seductor.. Tú, mi vida, eres tierna, inteligente, fuerte, decidida, generosa, trabajadora... Eres  alegre, afectuosa y, como ya lo has demostrado en alguna ocasión, hasta heroica, si es preciso.
Esas prendas de las que te ha dotado la vida no puedes ignorarlas: son tu ma­yor tesoro, y no precisamente para fri­volizar con ellas, sino para que  bus­ques la verdadera belleza en el movi­miento del mundo, como la barca, que recoge su gracia del viento y del agua.
Las ostras sienten un dolor pesado en su interior que no es otra cosa que una perla de inigualable belleza, cuyo des­tino  es volar lejos, volar alto.   Cultiva la tuya para que no te suceda lo que al olmo: tiene bellas ra­mas, pero no da fruto.
Tu gran bien lo encontrarás, antes de que sea tarde,  en los valores de tu pai­saje interior. No lo olvides, porque la vida se encargará de contártelo en breve. 
 Mi gaviotilla, mi preciosa avecilla de los mares, vuela siempre por encima de tormentas y olas gigantesco pero   recuerda que las gaviotas jamás se  ahogan en el mar.
Sé tú siempre, hija mía, libre, sin más limitaciones que aquellas que puedan herir a otro ser humano, auténtica por­que nada hay más hermoso que lo ver­dadero.
                    ¡Cuánto, cuánto te quiero, mi vida!





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