MIS TESOROS

MIS TESOROS
ISA, RAMÓN Y BELÉN

sábado, 8 de febrero de 2014

Gozar, hijos, los encuentros


... Y las fuerzas vitales que allá, en oscuros mundos habitaban, se en­contraron con la materia, y la vivifi­caron y nació la  luz, y las miradas de seres humanos poblaron la faz de la tierra y como maravilloso manto policromo, montes,  bosques, selvas, mares, universo... crecieron en vida, flor, fruto, paisaje, naturaleza... De­leites del ser humano.  
Aquí, mis queridos hijos, en esta sierra maravillosa, que se resiste al otoño en un mare­mágnum de pardos y verdes, que, al remover la tierra me transmutan y me retornan a mi  an­cestral origen, exclamo: ¡Dios qué grandeza de en­cuentro la de aquel primer día! 
Pero al encuentro pri­mero siguieron los de unos con los otros y concluye­ron en tal pacto que mul­tiplicaron la vida sorprendidos por el amor que les nacía  en los adentros, surgiendo así la cadena  de repro­ducción  que no sólo llega hasta nosotros, sino que aupados en ella, la elevamos a infinita como infinitos  son los encuentros que la provocan.
Trinos de jilgueros, arrullos de pa­lomos, silencio en mi trajinar que goza de la felicidad de encuentros, ahora, siempre... Porque encuentros son, en una vasta mirada por esta naturaleza salvaje, montes, abis­mos, jarales... Encuentros mis pro­pios pasos que siguen sembrando huellas por veredas de luces y som­bras. Encuentros son el recuerdo de amigos,  y sus  palabras, ecos  que acarician al  unísono de mi nostalgia, el crepúsculo otoñal  que va inva­diendo de un no sé qué cósmico este rincón de la sierra.
También el dolor es encuentro, y las tribulación que puede originar el desamor, las ausencias, y las cons­tantes sinrazones de la vida, y las injusticias, y los caminos cubiertos por los áridos paisajes del aban­dono. El silencio  también es en­cuentro, y en él, cuando sólo el silbo del viento es sonido en nuestros oídos, surge el más sorprendente de los encuentros: el encuentro con no­sotros mismos, polvo, nada... Lo único, no obstante que nos hace libres, que nos hace sentir que  nos nacen alas de vidrio, si, pero  con irisaciones luminosas que, en vuelos altos, nos aproximan a las estrellas y nos permiten contemplar el pano­rama de un mundo  desierto de en­cuentros.
La luna que se me eclipsa... ¡cuántos encuentros me reverbera!
No busquéis, pues, lo que tal vez ni exista, ni esté en vuestras manos, encontrad, eso sí,  los encuentros, muchos, que nos salen al paso cada día, aunque sea en un rincón, como este, silencioso y solitario de la sierra.
Os quiero y os deseo “sabios”, zahorís de maravillas ocultas.







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